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América Latina tiene un problema de crédito, pero también de descrédito

Por Anderson Ayala Giusti

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De una forma u otra, casi todas las causas que impiden una expansión del crédito en América Latina tienen su raíz en los gobiernos. Son limitaciones que surgen por diseño político, aunque esto es ignorado con frecuencia. No es un tema que preocupe en las discusiones parlamentarias ni en oficinas públicas, y esto resulta cuando menos extraño, dados los enormes beneficios de bienestar, crecimiento e inversiones que suele dejar el crédito. Es pues un dinamizador del desarrollo, si se piensa en toda la actividad económica que impulsa y toda la riqueza que genera en el camino.

Por ende, se trata de uno de los indicadores que mejor cuenta da sobre el estado real de una economía. Los niveles de crédito de hecho suelen ser proporcionales al nivel de progreso de un país, y aquellas economías con mayor acceso a este suelen ser más prósperas y estables. No es en vano que Venezuela tenga la cartera de créditos más pequeña de toda la región, por citar un caso, ni tampoco que sea el país que menos crédito destine al sector privado en relación con su Producto Interno Bruto (PIB). A fin de cuentas, esto solo refleja la profunda depresión que ha atravesado la economía venezolana desde hace años, sin apelar todavía a otros indicadores.

Pero frente a sistemas financieros que han sido rígidos y excluyentes en América Latina, la tecnología se ha transformado en un aliado clave de los esfuerzos privados por aumentar el acceso y alcance de servicios crediticios y de ahorro. Esfuerzos que han cristalizado en un ecosistema de tecnologías financieras (Fintech, en inglés), cuya adopción es cada vez mayor en la región. Y esto, a su vez, ha generado un efecto dominó en la banca, que ha tenido que adaptarse con más y mejores productos, en una competencia de la que solo se benefician más y más usuarios.